Ciencia Española Contra el reloj: El Largo Camino Hacia Curar el Cáncer

En las últimas décadas, algo ha cambiado de forma silenciosa pero determinante: sobrevivir a un cáncer de mama o de próstata hoy es, en muchos casos, el doble de probable que hace pocos años. Ese progreso no ha sido casualidad, sino el resultado de un trabajo científico sostenido que, en España, convive con un talento notable y con obstáculos estructurales que frenan su desarrollo pleno.
El cáncer, una batalla en tres frentes
Cada año se detectan en España más de 300.000 nuevos diagnósticos de cáncer, y la enfermedad se cobra la vida de más de 115.000 personas anualmente. Así lo señala Jesús Sánchez, responsable de proyectos científicos de la Fundación CRIS Contra el Cáncer, quien identifica tres grandes frentes donde se concentra hoy la investigación oncológica.
El primero es la metástasis, que continúa siendo la causa principal de muerte asociada al cáncer, pese a que la ciencia entiende cada vez mejor sus mecanismos. El segundo es la aparición de resistencias: tumores que responden bien al inicio del tratamiento pero que, con el tiempo, dejan de hacerlo. El tercero es la búsqueda de terapias más personalizadas y con menor toxicidad, porque el objetivo ya no es solo curar más, sino curar mejor.
En ese contexto destaca el trabajo del equipo liderado por el doctor Mariano Barbacid en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), que en enero logró eliminar tumores de páncreas en modelos animales combinando tres fármacos distintos. Se trata de uno de los cánceres más letales que existen, y el hallazgo —desarrollado con la colaboración de la Fundación CRIS— ha generado enorme expectación internacional. Sánchez advierte, no obstante, que el camino apenas comienza: ahora hay que trasladar la combinación terapéutica a pacientes, comprobar su eficacia en escenarios clínicos más complejos y reducir su toxicidad.
El proyecto de Barbacid ha recibido cerca de 11 millones de euros de fondos públicos, según explicó la ministra de Ciencia, Innovación y Universidades, Diana Morant, en el marco de un debate parlamentario sobre la financiación de la ciencia en España. Morant recordó que la mayor parte de la investigación del país se realiza en universidades públicas y defendió el papel del sistema público como motor de estos avances.
Más allá de este caso concreto, la oncología vive un momento de expansión terapéutica: las terapias CAR-T —que apenas funcionaban en los años noventa y hoy transforman el tratamiento de los cánceres hematológicos—, la inmunoterapia y los anticuerpos conjugados a fármacos, capaces de dirigirse al tumor con extrema precisión, forman parte de ese nuevo arsenal.
Virus, pandemias y la lección de lo vivido
El riesgo de futuras epidemias no ha desaparecido, más bien se ha reconfigurado. La doctora Ana Fernández-Sesma, al frente del Departamento de Microbiología de la Icahn School of Medicine at Mount Sinai (Nueva York), explica que los principales candidatos a provocar la próxima gran crisis sanitaria son los virus respiratorios —como la gripe aviar o el SARS-CoV-2— y los patógenos transmitidos por mosquitos y garrapatas, que gracias al calentamiento global se expanden hacia regiones donde antes no existían.
La experiencia reciente, sin embargo, ha dejado también aprendizajes valiosos. Haber atravesado sucesivas oleadas de contagios ha permitido a la comunidad científica comprender mejor cómo actúan los virus y cómo responde el organismo humano frente a ellos. Disponer de grandes cohortes de personas infectadas o vacunadas ha abierto la puerta a estudiar por qué unas personas reaccionan de forma distinta a otras, apoyándose en tecnologías ómicas —genómica, proteómica, metabolómica— y en técnicas como la secuenciación de ARN mensajero, que permiten anticipar qué proteínas se activarán en el organismo ante una amenaza.
Para Fernández-Sesma, la clave común entre la lucha contra el cáncer y contra los virus es la misma: el foco se traslada cada vez más hacia el propio organismo, hacia por qué cada persona responde de manera distinta ante una enfermedad, sea infecciosa o tumoral.
Enfermedades raras: ponerle nombre a lo desconocido
Más de 7.000 enfermedades distintas, cada una con una prevalencia muy baja, componen el universo de las llamadas enfermedades raras. Juan Carrión, presidente de la Federación Española de Enfermedades Raras (Feder), subraya que la secuenciación genómica de nueva generación es probablemente la herramienta que más está cambiando la vida de estos pacientes, al permitir por fin identificar el origen de dolencias que durante años carecían de diagnóstico.
Ese diagnóstico, insiste Carrión, no es solo un procedimiento médico: da a las familias la posibilidad de informarse, de conectar con otras personas en su misma situación y, cuando existe, de acceder a un tratamiento. En este campo, las terapias génicas y las basadas en ARN —entre ellas la edición genómica mediante CRISPR-Cas9— están abriendo la puerta a corregir mutaciones concretas con un nivel de precisión hasta ahora impensable.
España también ha dado pasos relevantes en la detección temprana: en 2025 el número de enfermedades incluidas en el cribado neonatal pasó de siete a veintiuna. Aun así, Carrión denuncia que no todas las comunidades autónomas cribado el mismo número de patologías, lo que genera desigualdades territoriales que considera inaceptables.
Lo que frena a la ciencia española
El propio hallazgo de Barbacid sirve, según Carrión, como advertencia sobre cómo no debería medirse la investigación: no puede evaluarse con criterios de rentabilidad inmediata. El progreso científico no avanza en línea recta desde el laboratorio hasta la consulta médica, sino a través de un diálogo constante entre investigadores básicos, clínicos, pacientes y sus familias.
Los tres expertos consultados coinciden en señalar obstáculos similares: la inestabilidad de la financiación pública, que dificulta planificar a largo plazo y termina expulsando talento; la lentitud de ciertos trámites administrativos y regulatorios, que en ocasiones retrasa la llegada de terapias ya aprobadas al sistema público; y, en el caso concreto de las enfermedades raras, la dificultad de generar suficiente masa crítica de investigación dada la baja prevalencia individual de cada patología, lo que reduce el interés espontáneo de la industria farmacéutica.
Sánchez lo resume con crudeza: ha habido casos de pacientes que han fallecido esperando terapias que, apenas un año después, ya estaban disponibles. Por eso reclama mejores condiciones para los equipos investigadores, mayor agilidad en la contratación y menos burocracia, además de reforzar la financiación pública con el respaldo de fundaciones y asociaciones de pacientes, que en los últimos años han dejado de ser meras receptoras de la ciencia para convertirse en agentes activos del propio ecosistema investigador.
Por qué importa
Los datos respaldan el optimismo, aunque con matices. El mieloma múltiple, que hace poco más de una década ofrecía una esperanza de vida de entre cuatro y seis años, hoy supera con frecuencia la década. El melanoma metastásico, que a comienzos de los 2000 dejaba apenas seis meses de vida, ronda hoy los seis años gracias a la inmunoterapia. Son ejemplos concretos de un progreso que, según los expertos consultados, no tiene precedentes en los últimos veinte años.
La conclusión que comparten los tres es sencilla de enunciar y compleja de sostener en el tiempo: invertir en investigación no es un gasto accesorio, sino la única vía real para ofrecer una segunda oportunidad a quienes hoy no la tienen.
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