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Teenagers lift hands during interactive theatre by El Teatro Que Cura (The Healing Theatre) to raise awareness about domestic violence among teens, at El Olivo high school in Parla, south of Madrid on November 11, 2022 OSCAR DEL POZO/AFP via Getty Images

El miedo al rechazo y a ser considerados "el bicho raro" frena la búsqueda de apoyo, mientras el bienestar emocional de los menores cayó a su nivel más bajo en 2022, con mayores dificultades entre las chicas y los jóvenes de familias con menos recursos.

El estigma social se ha convertido en una de las principales barreras para que los adolescentes españoles busquen ayuda ante los problemas de salud mental. El 53% del alumnado de Educación Secundaria Obligatoria (ESO) que atravesó dificultades psicológicas no solicitó apoyo profesional ni recurrió a su entorno cercano, mientras que el 39,6% mantuvo su situación en absoluto silencio.

Así lo recoge el informe La salud mental sí es cosa de adolescentes: hablemos de bienestar y estigma, publicado por UNICEF España con financiación del Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030. El estudio analiza las experiencias de los estudiantes de primero a cuarto de la ESO y constituye, según la organización, el análisis más completo realizado hasta la fecha en España sobre esta población.

El principal obstáculo no siempre es la falta de recursos, sino el temor a ser juzgados, rechazados o señalados por los demás. "La respuesta más frecuente no es la falta de recursos, sino el prejuicio y el miedo a ser juzgado, a ser diferente al resto o a ser el bicho raro", explica Pilar Ramos, profesora del departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Sevilla y directora del estudio.

Esta realidad contrasta con la disposición de muchos jóvenes a hablar abiertamente de sus emociones. Una estudiante de Secundaria defiende incluso una interpretación distinta de la expresión "generación de cristal": "Estoy de acuerdo con que se nos llame así, pero solo si es en el sentido de que podemos ver dentro de nosotros, tener empatía y entender a la gente".

Cuatro de cada diez adolescentes creen haber tenido un problema de salud mental

La prevalencia de las dificultades psicológicas entre los jóvenes constituye otra de las principales preocupaciones del informe. Entre los estudiantes de 12 a 16 años, el 18,8% afirma con certeza haber sufrido un problema de salud mental durante el último año, mientras que otro 19,7% reconoce que podría haberlo experimentado.

En el conjunto de la población de 12 a 18 años analizada por el Barómetro de Opinión de la Infancia y la Adolescencia de UNICEF, el porcentaje de quienes afirman o creen haber atravesado un problema alcanza el 41,1%. En esta franja de edad, el 51,4% no pidió ningún tipo de ayuda y el 36,9% guardó silencio absoluto sobre lo que estaba viviendo.

Los datos reflejan una brecha entre la disposición de los adolescentes a reconocer su malestar y su capacidad para buscar apoyo. Aunque existe una mayor apertura para hablar de salud mental, los prejuicios y el miedo a la reacción del entorno continúan dificultando que muchos menores den el paso.

El bienestar emocional cae y aumenta la brecha entre chicos y chicas

El deterioro también se refleja en los indicadores de bienestar emocional. Según los datos del cuestionario KIDSCREEN-10 recopilados en el Estudio HBSC, el índice medio se mantuvo estable durante más de una década, pero cayó en 2022 hasta los 3,47 puntos sobre cinco.

La evolución presenta diferencias importantes por género. Históricamente, los chicos registraban puntuaciones entre 0,15 y 0,25 puntos superiores a las de las chicas. En 2022, la distancia aumentó hasta los 0,52 puntos. Mientras ellos experimentaron una caída de 0,14 puntos, ellas sufrieron un descenso de 0,41.

La situación económica familiar también influye en el bienestar declarado. En 2022, los estudiantes procedentes de hogares con menos recursos obtuvieron una puntuación media de 3,26, frente a los 3,49 puntos de quienes pertenecían a familias de nivel económico medio y los 3,54 de aquellos con un nivel alto.

Entre 2018 y 2022, además, disminuyó la proporción de adolescentes que afirmaban disponer de tiempo suficiente para sí mismos: pasó del 52,9% al 36,7%. La capacidad de atención y concentración en clase descendió del 55% al 40,1%, mientras que la tristeza habitual aumentó del 11,9% al 19,5%. La proporción de quienes experimentaban soledad frecuente también casi se duplicó.

Las exigencias cotidianas contribuyen a este malestar. Carlos, un estudiante de 15 años, describe la presión por cumplir con las expectativas: "Hay como mucha competencia para todo; ahora nos piden como mucho y eso también te hace sentir mal porque piensas que no vas a llegar, y eso causa tristeza".

Carmen, de 13 años, señala otra dificultad: aunque hablar de emociones con las amistades resulta cada vez más habitual, hacerlo en el ámbito familiar puede ser más complicado. "A los adolescentes les da miedo o vergüenza contar lo que sienten a la familia", explica.

El miedo al rechazo condiciona la búsqueda de ayuda

El informe clasifica las actitudes del alumnado de la ESO frente a los problemas de salud mental en tres grupos: el 24,3% presenta un nivel bajo de estigma, el 46% se sitúa en un nivel intermedio y el 29,7% muestra un nivel alto. Los varones tienen mayor presencia en el último grupo, mientras que las chicas predominan entre quienes presentan menos prejuicios.

Estas actitudes influyen en la búsqueda efectiva de apoyo. Aunque el 80% del alumnado manifiesta teóricamente su disposición a pedir ayuda, menos de la mitad de los estudiantes afectados llegó a hacerlo en la práctica. La proporción de quienes solicitaron apoyo fue del 57% entre los que presentaban menos estigma, del 40,7% en el grupo intermedio y del 45,4% entre quienes registraban un nivel alto.

Las amistades son el recurso más utilizado, pero el recurso a profesionales de la psicología también disminuye a medida que aumentan los prejuicios: pasa del 69% entre los adolescentes con menor estigma al 51,8% entre quienes presentan el nivel más elevado.

El temor a ser etiquetados como personas "lunáticas" y la falta de privacidad en los centros educativos pueden dificultar todavía más la petición de ayuda. A estas barreras se suman las listas de espera de la sanidad pública, que complican el acceso de las familias a una atención especializada.

Carmen propone mejorar la intimidad en los institutos para facilitar que los estudiantes recurran a los servicios de orientación. "Habría que normalizar el hecho de pedir ayuda y cuidar que el despacho de la orientadora en el instituto no esté en un sitio tan transitado para mantener la intimidad de la persona que acude", plantea.

El estigma también condiciona la percepción de los factores de riesgo y protección. El 70,5% del grupo con menos prejuicios considera que el apoyo cercano protege en gran medida frente a los problemas de salud mental, frente al 49,2% del grupo con mayor estigma.

Las diferencias también aparecen en la valoración de hablar sobre los sentimientos: el 46% del alumnado con menos prejuicios considera esta práctica muy protectora, frente al 28,8% del grupo con mayor estigma. En cuanto al acoso escolar, el 73,3% de quienes presentan menos estigma lo considera especialmente dañino, frente al 53,3% de los más prejuiciosos.

Más vocabulario emocional, pero persisten las dificultades para detectar los problemas

Los adolescentes manejan hoy términos relacionados con la salud mental, como ansiedad o depresión, con mayor familiaridad que generaciones anteriores. Sin embargo, disponer de ese vocabulario no garantiza que su entorno comprenda lo que están experimentando.

El informe recoge la preocupación de los especialistas por una doble dificultad: confundir algunas experiencias habituales del desarrollo adolescente con trastornos clínicos y, al mismo tiempo, no detectar problemas patológicos que requieren atención continuada.

"Por un lado estamos sobrediagnosticando cosas que son normales, pero a la vez estamos indetectando casos patológicos", advierten los especialistas consultados.

Por ello, los expertos consideran necesario mejorar la capacidad de detección y acompañamiento sin banalizar el sufrimiento de los menores ni etiquetar automáticamente cualquier dificultad emocional como una enfermedad.

UNICEF reclama medidas coordinadas en educación, sanidad y familias

Para afrontar esta situación, UNICEF España propone un plan de acción basado en cinco ámbitos de intervención. María Ángeles Espinosa, presidenta de la organización, recuerda que el bienestar emocional forma parte de los derechos fundamentales de la infancia y la adolescencia.

"La salud mental y el bienestar emocional es un derecho fundamental de los niños y adolescentes para su desarrollo integral; si estos malestares no se atienden, pueden acabar convirtiéndose en un grave trastorno", advierte.

En el ámbito de las administraciones públicas, el informe reclama ampliar las plantillas de atención primaria y salud mental infantojuvenil, reforzar las unidades multidisciplinares y mejorar la coordinación entre los servicios educativos, sanitarios y sociales. También propone combatir la vulnerabilidad socioeconómica y garantizar que los adolescentes participen en el diseño de las políticas que les afectan.

En los centros educativos, plantea consolidar la figura del coordinador de bienestar, dotarla de formación, competencias y tiempo suficiente, impulsar planes continuados contra el acoso escolar y capacitar al profesorado para reconocer señales de alerta sin asumir funciones clínicas.

En el sistema sanitario, recomienda agilizar los circuitos de atención, reducir los tiempos de espera, garantizar una oferta pública equitativa en todo el territorio y mejorar la coordinación entre profesionales para evitar que los menores pierdan el seguimiento durante las derivaciones.

Por último, en el entorno de las familias y la comunidad, propone fomentar la escucha activa, evitar tanto la minimización como la patologización automática del malestar, proteger el descanso y el ocio, y combatir los prejuicios que todavía dificultan hablar de salud mental en casa.

El informe concluye que las dificultades emocionales de los adolescentes no deben interpretarse como una muestra de fragilidad generacional, sino como un desafío social que requiere respuestas coordinadas. La caída del bienestar, las diferencias por género y nivel económico y el peso del estigma ponen de relieve la necesidad de facilitar una atención accesible y espacios seguros para pedir ayuda.

"La gente que tiene problemas se piensa que está sola, pero siempre va a haber alguien dispuesto a ayudarle, ya sea la familia, los amigos o un profesional", concluye Carlos. Para UNICEF, conseguir que cada menor encuentre una persona adulta de referencia, un entorno educativo protector y atención sanitaria oportuna resulta esencial para que romper el silencio sea el primer paso hacia la ayuda que necesita.