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Spanish Finance minister Luis de Guindos Jurado EMMANUEL DUNAND/AFP via Getty Images

El grupo de los Carulla firma un préstamo sindicado de 1.235 millones con CaixaBank y BBVA. Sus ventas llevan un año planas y la mayor parte del dinero va a una compra en Estados Unidos.

Agrolimen cerró 2025 con 345 millones de euros de deuda y 73 millones en caja. El 10 de diciembre formalizó un préstamo sindicado de 1.235 millones liderado por CaixaBank y BBVA, cuyos efectos contables se registrarán en 2026. La deuda del grupo pasa así a rondar los 1.580 millones.

Es el mayor cambio financiero en la historia reciente de la compañía. En 2024 debía 86 millones, con una facturación de 2.393 millones y un resultado operativo de 247. Era una posición extraordinariamente saneada, en línea con el modelo de baja deuda que mantuvo la familia desde los tiempos del fundador, Lluís Carulla.

Según fuentes del grupo, el préstamo se reparte en tres destinos: unos 600 millones para comprar la estadounidense Ollie Pets Inc, unos 100 millones para otra adquisición que se está ultimando y no se ha hecho pública, y unos 400 millones para refinanciar la deuda existente.

Por qué comprar es la única salida

Las cuentas de 2025 explican la operación mejor que cualquier declaración estratégica.

Las ventas quedaron en 2.394 millones, prácticamente idénticas a las del año anterior. El resultado operativo mejoró hasta 270 millones, un 9% más, y el beneficio final se quedó en 167 millones, otra vez casi igual.

Dicho de otro modo: la compañía ha exprimido margen, no ha ganado tamaño. Y por divisiones, el cuadro es peor de lo que sugiere el agregado. GBfoods, la antigua Gallina Blanca, creció un 1,3% hasta 1.426 millones. Affinity Petcare, la enseña de alimentación para mascotas, cayó un 2,5% hasta 953 millones.

Una empresa que ya no crece por sí sola tiene dos caminos: aceptar su tamaño y optimizarlo, o comprar crecimiento fuera. Agrolimen ha elegido el segundo, y el precio de esa elección es el apalancamiento.

Lo que se paga por Ollie

Ollie Pets factura unos 195 millones de dólares anuales, alrededor de 170 millones de euros. Es una marca estadounidense de comida fresca para mascotas con venta directa al consumidor.

Pagar unos 600 millones por esa cifra de negocio supone abonar en torno a tres veces y media las ventas anuales. Es un múltiplo alto para el sector alimentario, donde las operaciones suelen cerrarse muy por debajo.

Ese precio no valora a Ollie como un fabricante de comida para animales, sino como un negocio de suscripción con relación directa con el cliente, con los márgenes y el crecimiento que se atribuyen a ese modelo. Ahí está la apuesta y ahí está el riesgo: si Ollie crece como se espera, el múltiplo se justifica; si se comporta como un fabricante convencional, se habrá pagado de más.

En volumen, además, la compra no cambia el equilibrio del grupo. Los 170 millones de Ollie se suman a una división de mascotas que ronda los 950 millones y a un negocio de alimentación humana de 1.426. La base del grupo sigue siendo la misma.

Lo que implican los ratios

La memoria recoge un detalle que conviene traducir: el préstamo está sujeto a cláusulas de cumplimiento de ratios, y el grupo queda obligado a alcanzar determinados indicadores de rendimiento, que se cumplían al cierre de 2025.

Eso significa que Agrolimen ha firmado compromisos financieros medibles —habitualmente relaciones entre deuda y resultado operativo, o coberturas de intereses— cuyo incumplimiento permitiría a los bancos exigir la devolución anticipada o renegociar condiciones.

Con 1.580 millones de deuda y un resultado operativo de 270, el margen de maniobra se estrecha bastante respecto a la situación anterior. Un grupo que hasta ahora decidía con libertad qué hacer con su caja pasa a tener que justificar cifras cada trimestre ante un sindicato bancario.

No es una situación anómala: es el funcionamiento normal de la financiación corporativa. Pero es exactamente lo contrario del modelo con el que esta empresa operó durante décadas.

Quién prestaba antes

Hasta ahora, cuando Agrolimen necesitaba dinero, lo pedía dentro de casa.

La sociedad Ridere, participada por la familia, mantiene una línea de crédito de 209 millones. Converal Inversiones, de Jordi Carulla, hermano del anterior presidente, concedió otros 21 millones.

Los 400 millones del préstamo destinados a refinanciar deuda existente hacen razonable pensar que parte de esas posiciones familiares se cancelen con dinero bancario, aunque ni la memoria ni la compañía lo detallan. Si ocurre, los Carulla dejarían de ser acreedores de su propia empresa y recuperarían esa liquidez.

Una compañía que publica lo justo

Agrolimen no cotiza, de modo que su información pública se limita a lo que exige el Registro Mercantil. No hay presentaciones de resultados, ni plan estratégico publicado, ni comunicación sobre operaciones en curso.

Eso explica que la segunda adquisición, en fase final según fuentes del sector, no se haya anunciado, y que el reparto del préstamo se conozca por fuentes y no por la compañía.

El cambio de gobierno interno tampoco se ha explicado. Artur Carulla cedió la presidencia a su hijo, Artur Carulla i Mas, que reside en Londres y acude a parte de las reuniones, mientras la gestión efectiva recae en el consejero delegado, Joan Cornudella.

De dónde viene el dinero y quién decide

Los números dibujan el cambio con claridad.

España representa ya solo el 20% de las ventas. El grupo ha reorganizado su actividad africana concentrando en Nigeria el control del negocio senegalés, y la apuesta de crecimiento está en Estados Unidos.

Y la empresa que durante décadas se financió con dinero de la familia acaba de sustituirlo por dinero de dos bancos y un cuadro de ratios. La decisión que entierra el modelo del fundador no la ha firmado un Carulla al frente de la gestión, sino el primer consejero delegado que manda de verdad en la compañía.