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Spanish film director Rodrigo Sorogoyen celebrates after winning the Best Foreign Film award for the film "As Bestas" Photo by BERTRAND GUAY/AFP via Getty Images

Una decena de creadores condicionó su participación a la ruptura del patrocinio y la consiguió en cuarenta y ocho horas. El coste económico lo asume el certamen. Y queda por definir un criterio cuyos contornos no ha delimitado nadie.

Allianz ha retirado su patrocinio del Festival de las Ideas de Madrid, que arranca este jueves 17 y se prolonga hasta el domingo 20. La salida llega después de que un grupo de creadores encabezado por Rodrigo Sorogoyen dejara en suspenso su participación mientras la aseguradora siguiera vinculada al certamen.

Fuentes de la organización describieron este martes la decisión como adoptada de forma conjunta y situaron su prioridad en que el evento salga adelante. También admitieron lo evidente: con el principal patrocinador fuera y dos días por delante, encontrar un sustituto resulta difícil, si no imposible. El festival asume el coste.

Qué se exigía

El comunicado lo firman, entre otros, Sorogoyen, Inés Hernand, Marta Sanz, Rodrigo Cuevas, Alana S. Portero, Carolina Meloni, Clara López, Mónica Egido, Paula Ducay, Inés García y Delameseta.

La petición no se limitaba a este patrocinio. Reclamaban que el certamen se comprometiera públicamente a desvincularse de Allianz y a no aceptar apoyos económicos, ni en esta edición ni en futuras, de entidades que colaboren con el Estado de Israel.

El fundamento es concreto: sostienen que la aseguradora es hoy el mayor comprador mundial de bonos del Estado israelí y que no puede alegar desconocimiento, porque figura por ese motivo en el informe de 2025 de la relatora especial de Naciones Unidas Francesca Albanese, De la economía de la ocupación a la economía del genocidio. Añaden que esa inversión se ha triplicado desde entonces.

Los firmantes precisan que no pretenden señalar a quienes organizan o trabajan en el festival, y apoyan su posición en una premisa que enuncian de forma explícita: la cultura no es un espacio neutro, sino un terreno atravesado por relaciones de poder e intereses económicos.

Por qué la campaña iba a ganar

El desenlace en cuarenta y ocho horas no fue una sorpresa, y la razón está en cómo se financia un acontecimiento cultural.

Un festival de este tipo descansa sobre dos pilares que no controla. El primero es un patrocinador principal que aporta una parte sustancial del presupuesto. El segundo son unos nombres reconocibles cuya presencia es el reclamo, pero que no son empleados ni tienen obligación contractual de comparecer.

Ambos pueden marcharse cuando quieran y a coste cero. El organizador, no: tiene una fecha fijada, contratos con proveedores, personal contratado y un programa impreso. En cualquier choque entre esas dos partes, la factura recae por fuerza sobre la única que no puede levantarse de la mesa.

A eso se suma el cálculo de la aseguradora. Un patrocinio de este tamaño es irrelevante en las cuentas de una compañía como Allianz, mientras que el desgaste reputacional de permanecer en un conflicto público no lo es. Retirarse era, sencillamente, la opción barata.

De ahí se sigue la consecuencia que define el episodio: la campaña tenía asegurada la victoria sobre la presencia de Allianz en el festival, y prácticamente ninguna posibilidad de alterar su política de inversión, que es lo que se cuestionaba. Son dos objetivos distintos y solo uno estaba realmente en juego.

Lo que se afirma y lo que está acreditado

Conviene separar los planos, sin que eso descalifique nada.

La calificación de genocidio procede de instancias de Naciones Unidas: una comisión de investigación la sostuvo en septiembre de 2025 y la relatora especial la emplea en su informe. El Gobierno israelí y varios Estados la rechazan. No es una constatación pacífica, sino una valoración jurídica en disputa dentro del propio sistema internacional.

El dato sobre la posición de Allianz en bonos israelíes procede del informe de la relatora y de la lectura que hacen los firmantes. El comunicado no aporta verificación independiente.

Y falta una de las partes. Allianz no ha publicado comunicado propio ni ha explicado su salida más allá del marco conjunto que describe la organización. Esa fórmula es lo bastante elástica como para cubrir desde una decisión compartida hasta una retirada pactada para cerrar el asunto cuanto antes. Sin declaración de la compañía, no hay manera de saber cuál de las dos cosas ocurrió.

El problema que hereda el festival

Queda una dificultad práctica que ningún actor ha resuelto y que ahora pertenece a la organización.

El compromiso reclamado —no aceptar apoyo de entidades que colaboren con el Estado de Israel— es sencillo de enunciar y considerablemente más difícil de aplicar. Las grandes aseguradoras y gestoras mantienen carteras diversificadas con deuda soberana de decenas de países, y buena parte de la banca, la energía y la tecnología que financia actividad cultural en España tiene exposición a mercados objetables por algún criterio.

Aplicar ese estándar con coherencia obligaría a examinar de forma permanente las carteras de cada financiador potencial. Aplicarlo solo cuando alguien lo denuncia públicamente lo convierte en otra cosa: no un criterio, sino una respuesta a la presión disponible en cada momento.

No es un argumento contra la exigencia. Es la tarea que queda pendiente, y de momento nadie ha dicho cómo se hace.

Quién paga

El reparto final del episodio tiene una forma reconocible.

Allianz pierde una visibilidad menor y conserva intacto aquello que motivaba la protesta. Los firmantes obtienen un resultado público sin coste. El festival pierde su principal apoyo económico, con efectos sobre su presupuesto, su programación futura y las personas que trabajan en él.

Los partidarios de este tipo de acciones responden que su valor es acumulativo: cada retirada eleva el coste reputacional de mantener determinadas posiciones, y el efecto no se mide caso por caso. Sus críticos sostienen lo contrario, que el desgaste recae sobre instituciones culturales pequeñas mientras las decisiones financieras siguen su curso. Ambas lecturas son defendibles y este episodio, aislado, no permite decidir entre ellas.

Hay un último detalle que ilustra lo complicado del terreno. La propia organización sostiene que el festival ha mantenido desde su fundación una posición claramente propalestina, visible en su programación. Si es así, el certamen no fue elegido por lo que decía, sino por quién lo pagaba.

Esa es exactamente la distinción que defienden los firmantes: el dinero importa con independencia del discurso. Y es también la razón por la que la línea que ahora habrá que trazar alcanza a casi cualquier acontecimiento cultural que no se financie solo con dinero público.