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Two people walk along a snow covered street of Villacastin, Segovia province CESAR MANSO/AFP via Getty Images

La electricidad para el último trimestre se ha encarecido un 70% desde mayo. La cifra que circula, 450 euros más este invierno, corresponde a un perfil de hogar muy concreto y a un escenario que todavía no ha ocurrido.

La electricidad que se comprará en octubre, noviembre y diciembre cotizaba a 91,20 euros por megavatio hora a finales de mayo. Hoy supera los 155 euros en OMIP, el mercado ibérico de futuros. Casi un 70% más en menos de cuatro meses.

El gas sigue el mismo camino. Los contratos españoles para el cuarto trimestre rondan los 82 €/MWh. Sedigas, la patronal del sector, sitúa las referencias de MIBGAS y del TTF europeo en algo más de 31 euros a finales de febrero y por encima de 80 en los últimos días: un 150% en siete meses.

De ahí sale el cálculo que ha circulado esta semana. Antonio Delgado Rigal, consejero delegado de AleaSoft Energy Forecasting, estima entre 100 y 150 euros adicionales de electricidad durante los seis meses fríos para un hogar de consumo normal, más 200 a 300 euros de gas si la calefacción funciona con ese combustible. Entre 300 y 450 euros en total. Unos 75 euros al mes en el extremo alto.

Por qué el gas fija el precio de la luz

Aquí está el punto que desconcierta a mucha gente. España produce la mayor parte de su electricidad con renovables y nuclear, tecnologías cuyo coste no depende del gas. Aun así, cuando el gas sube, la luz sube.

El mercado eléctrico funciona por precio marginal. Las centrales ofertan por orden de coste: primero entran las más baratas, y se van sumando las siguientes hasta cubrir toda la demanda. La última que hace falta para completar esa demanda fija el precio que cobran todas.

En las horas en que el viento, el sol, el agua y la nuclear no bastan, esa última central es un ciclo combinado que quema gas. Basta con que sea necesaria durante una parte de las horas del día para que el gas marque el precio en esas horas. No importa cuántos kilovatios produzca: importa cuándo hace falta.

El resultado es que un país puede tener un sistema eléctrico mayoritariamente limpio y una factura atada al precio internacional del gas.

Las reservas no son un seguro, son poder de negociación

La segunda pieza son los almacenamientos europeos, que están al 66-68% de su capacidad. Según Reuters, el nivel más bajo para estas fechas en unos quince años. Alemania estaba al 53-54% a comienzos de septiembre; Países Bajos, al 48%.

Eso no significa que Europa se quede sin gas. Desde 2022 ha construido infraestructura y ampliado su capacidad de importación. El riesgo no es físico.

Lo que hace un depósito lleno es dar margen para esperar. Quien tiene reservas puede permitirse no comprar cuando el precio está alto y aguantar hasta que baje. Quien no las tiene compra cuando le hace falta y paga lo que le pidan. Las reservas no son solo energía guardada: son la capacidad de decir que no.

Europa entra en el invierno con menos margen que de costumbre, y frente a un mercado donde compite por los mismos buques que Asia.

La paradoja española

España tiene la mayor capacidad de regasificación de Europa y proveedores diversificados. Puede recibir gas natural licuado de muchos orígenes y descargarlo sin cuellos de botella. En términos de seguridad de suministro, su posición es de las mejores del continente.

Nada de eso abarata la factura.

La seguridad física y el precio son cosas distintas. Tener terminales para recibir barcos garantiza que el gas llegará; no garantiza a cuánto. El precio lo fija un mercado mundial en el que Europa compite con Asia por una oferta que se ha estrechado: las exportaciones de GNL de Oriente Próximo se han desplomado por las tensiones en la región mientras la demanda asiática crecía.

A eso se suma un cambio estructural. La Unión Europea ha reducido el gas ruso desde cerca del 45% de sus importaciones antes de la guerra hasta alrededor del 12%. Ganó independencia de Moscú y, a cambio, quedó mucho más expuesta a un mercado global donde no pone el precio.

Quién paga realmente los 450 euros

AleaSoft calcula sobre una vivienda que consume entre 1.700 y 1.800 kWh de electricidad en seis meses y que además se calienta con gas. Un hogar que caliente con electricidad, con bomba de calor o que tenga otro nivel de consumo tendrá una factura distinta.

Lo que determina la exposición real es el tipo de contrato. Un precio indexado traslada los movimientos del mercado casi de inmediato. Un contrato de precio fijo firmado hace meses mantiene las condiciones pactadas hasta que toque renovarlo, y el golpe llega entonces, de una vez. Las tarifas reguladas siguen sus propias fórmulas de actualización.

Sobre esas fórmulas hay un asunto en marcha que afecta a quien esté en la tarifa regulada de gas. KPMG sostiene que el cálculo actual de la TUR ya no refleja el coste real de comprar gas y propone actualizarlo con referencias del mercado español. Si esa revisión prospera, la tarifa regulada reflejaría antes las subidas del mercado. Merece seguimiento por parte de quien la tenga contratada.

Lo que la cifra no dice

Los 155 €/MWh de OMIP no son un precio pagado. Son lo que el mercado espera hoy, y las expectativas se equivocan.

El propio Delgado Rigal separa los escenarios con claridad. El central sitúa la electricidad entre 140 y 160 €/MWh en los meses fríos. Los 180-200 euros aparecen solo si coinciden un invierno más frío de lo normal, problemas añadidos de suministro y las reservas bajas. "No estamos diciendo que esos niveles vayan a ser la media de todo el invierno. Son escenarios de riesgo", precisa.

El precedente reciente invita a la prudencia en ambas direcciones. En 2022 los futuros descontaron un desastre que se moderó, entre otras cosas, porque el invierno fue suave. La meteorología es la variable que más pesa y la que nadie puede anticipar a cuatro meses vista.

Conviene también saber de dónde viene cada valoración. Sedigas, que describe la situación como no comparable a los máximos de 2022, es la patronal del gas. Su lectura probablemente sea correcta, y es la de una parte interesada. KPMG propone una revisión de la TUR que tendría como efecto elevar la tarifa regulada.

A quién le cuesta más

El reparto de esta subida no es proporcional.

La energía es un gasto que ocupa un porcentaje mucho mayor del presupuesto en los hogares con menos ingresos. Son también los que suelen vivir en viviendas peor aisladas, con equipos de calefacción más antiguos y menos eficientes, de modo que necesitan más kilovatios para alcanzar la misma temperatura. El mismo aumento de precio se traduce en un aumento de factura mayor.

Y son los que menos margen tienen para maniobrar. Cambiar de contrato exige información y tiempo. Sustituir una caldera o aislar una vivienda exige una inversión previa que precisamente no está al alcance de quien más la necesitaría.

La discusión pública se está organizando en torno a una cifra media. El invierno no funciona así.