SPAIN-TOURISM
Tourists take pictures on the esplanade along La Concha bay beach in the Spanish Basque city of San Sebastian ANDER GILLENEA/AFP via Getty Image

La terciarización del Cantábrico llega cuatro décadas después que la del Mediterráneo y con un punto de partida distinto: no la agricultura, sino la industria. Las cifras todavía son modestas. La trayectoria, no.

El "norte" se ha convertido en una categoría de consumo. Aparece en redes sociales como un lugar donde llueve mejor, donde se respira mejor y donde uno se reencuentra consigo mismo, y ya no solo en agosto: también en Semana Santa. Que nadie sea capaz de precisar dónde empieza y dónde acaba forma parte del atractivo. Cantabria, Asturias, País Vasco y a veces Galicia, agrupados en una unidad que solo existe vista desde fuera.

Mientras esa etiqueta circula, las cifras de empleo cuentan la misma historia en otro registro. España ha superado por primera vez los 22 millones de ocupados, y en estas comunidades el crecimiento no viene de donde solía. Viene de los servicios, y dentro de ellos, sobre todo de la hostelería y el turismo.

Lo que los datos dicen, y lo que no

Conviene empezar por ahí, porque el relato admite exageraciones en ambas direcciones.

En el País Vasco los servicios han ganado casi doce puntos de PIB desde el año 2000, por encima de la media nacional. Cantabria y Asturias avanzan al ritmo del conjunto del país, cuando lo habitual era que fueran por detrás. El turismo pasó de suponer el 5,9% del PIB vasco en 2015 al 6,9% en 2024, y en Gipuzkoa —la provincia con más peso industrial— llega al 8,7%.

Un 6,9% no convierte a Euskadi en Benidorm. Lo que inquieta a quienes estudian el fenómeno no es la foto actual sino la pendiente, y sobre todo de dónde procede el desplazamiento.

También conviene corregir una relación de causa y efecto que el relato tiende a simplificar. La desindustrialización del Cantábrico no la trajo el turismo. Es muy anterior: en Asturias, el 40% de los ocupados trabajaba en servicios en 1981; a principios de siglo era el 60%; hoy supera el 70%. Lo documentó hace un cuarto de siglo el economista Fernando Rubiera, profesor de Economía Urbana en la Universidad de Oviedo. El turismo no vació las fábricas: llegó después, a ocupar un hueco que ya existía.

Y la explicación climática que se repite —hace más fresco que en el sur— es plausible pero no está demostrada como causa principal. Compiten con ella la saturación del Mediterráneo, el abaratamiento de los desplazamientos, el trabajo a distancia y el propio efecto de las redes sociales, que fabrican destinos.

Por qué no da igual sustituir una cosa por la otra

Aquí está el mecanismo que explica la preocupación, y no tiene que ver con que el turismo sea una actividad indigna.

Un empleo industrial y uno de hostelería se comportan de manera distinta en cuatro aspectos concretos. El primero es la productividad: la industria genera más valor por trabajador, y eso acaba trasladándose al salario. El segundo es la capacidad de negociación. El empleo industrial está concentrado en centros grandes, con convenios propios, alta afiliación sindical y una tradición de conflicto que le permitió fijar condiciones; la hostelería está fragmentada en miles de establecimientos pequeños, con rotación alta y una capacidad de presión prácticamente nula. El tercero es la exposición a shocks externos, como dejó claro el cierre de 2020. Y el cuarto es la externalidad: el turismo compite por el mismo suelo y las mismas viviendas que necesitan los residentes, cosa que una fábrica en un polígono no hace.

Rubiera lo resume como pan para hoy y hambre para mañana, y lo llama un fenómeno atractivo pero peligroso. Atractivo porque funciona: crea puestos deprisa y mejora los datos de paro en un plazo que coincide con el de un mandato político.

El problema es que la alternativa ya no está disponible en los mismos términos. La recuperación industrial asturiana existe, pero es intensiva en tecnología y no en trabajo. "Te encuentras inversiones millonarias que generan apenas 200 empleos, no los 40.000 que podía generar Arcelor en su día", señala el economista. Ese es el verdadero dilema: no se elige entre turismo e industria como quien elige entre dos ofertas equivalentes, porque la segunda ya no emplea a la gente que empleaba.

El resultado es una segmentación del mercado laboral que estas regiones no conocían. El dicho asturiano "el hijo del minero, ingeniero" describe a los locales desplazándose hacia el empleo cualificado, mientras los puestos de servicios se cubren en buena medida con población inmigrante. Es un fenómeno nuevo allí y viejo en Madrid: hasta ahora, dice Rubiera, era una economía sin fuerza suficiente para atraer inmigración, y solo ahora empieza a aparecer en esos mapas.

El umbral de saturación no es el de Benidorm

La comparación con la Costa Blanca circula mucho y necesita un matiz que la vuelve más inquietante, no menos.

En términos absolutos, el crecimiento turístico del Cantábrico es mucho más lento que el que vivió Benidorm. Pero Benidorm se construyó para absorber volumen: altura, infraestructura, capacidad hotelera concentrada. Ribadesella tiene 5.591 habitantes. Llanes, Cudillero o Villaviciosa se mueven en órdenes similares.

El punto en el que un lugar deja de ser agradable no depende del número de visitantes sino de su relación con el tamaño del sitio, y en localidades de pocos miles de habitantes ese umbral se alcanza con cifras que en la costa mediterránea no serían noticia. Se nota ya: Ribadesella debate cerrar el acceso a los coches, y la playa de Rodiles se clausura cada verano para evitar el colapso circulatorio.

Vender la ausencia de turistas

De ahí sale la paradoja que señala Iraide Fernández Aragón, profesora de sociología de la UPV/EHU: la imagen trabajada durante años —lo verde, lo auténtico, un turismo de calidad menos saturado que el Mediterráneo— es exactamente lo que va a acabar masificando el territorio.

Dicho de otro modo: el producto que se vende es la escasez de visitantes. Y no existe forma de venderlo a escala sin destruirlo, porque el éxito comercial consiste precisamente en que venga la gente que hace desaparecer el reclamo.

Esto diferencia el caso cantábrico del mediterráneo más de lo que sugiere la etiqueta de "nuevo Benidorm". El sol y la playa no se degradan por acumulación; una cala abarrotada sigue teniendo sol y agua. La autenticidad, en cambio, es una propiedad que el volumen elimina por definición.

El proceso urbano que acompaña a esto tiene nombre en la literatura: Fernández lo describe como una disneyficación de la ciudad. Cuando las fábricas se van, los ayuntamientos apuestan por hacerla visitable —un museo firmado por un arquitecto famoso, capacidad hotelera, macroeventos, congresos— y el efecto se concentra en la vivienda. El Casco Viejo de Bilbao es el ejemplo que maneja: no solo que quien quiera quedarse tenga que mudarse de barrio, sino un desplazamiento simbólico en el que el vecino deja de reconocer sus calles, ya no oye euskera ni español, y el comercio local se sustituye por cartas en inglés, consignas para maletas y tiendas de recuerdos.

Un "Norte" que nadie llama así

La etiqueta misma merece atención, porque no es inocente. Nadie que viva en esas comunidades habla del "norte". Es una mirada externa que impone una unidad donde no la hay: Euskadi tiene más en común con Navarra, que queda fuera del concepto simplemente por no tener costa, y Galicia siempre ha tenido un turismo propio. San Sebastián se diseñó para el turismo de élite; Bilbao creció como capital industrial. Son trayectorias distintas agrupadas por conveniencia narrativa.

El filósofo Alberto Santamaría habla de una fetichización del norte como reducto de lo poco explorado, y añade una observación que desarma el relato: quienes lo celebran suelen quejarse de la lluvia y el gris al cuarto día. De Santander, su ciudad, dice que está irreconocible, perdida en la deriva del ultraturismo y abandonada de cara a sus vecinos.

Lo que se pierde por el camino no es solo paisaje. Santamaría lo narró en Barrio Venecia a través de un objeto: la camiseta amarilla de una pizzería, con una porción de pizza y un sombrero mexicano, que su padre —obrero químico por el día— se ponía por la noche en el segundo empleo. La fábrica era repetitiva y le provocaba tos. La camiseta le provocaba otra cosa.

Quién gana y quién pierde

El reparto de este proceso no es uniforme, y ahí está su aspecto menos comentado.

Rubiera apunta a una pata del crecimiento que suele quedar fuera del debate: el inmobiliario. Décadas de salarios industriales generaron una clase media patrimonial, con familias que heredan tres o cuatro viviendas y pueden vivir de gestionarlas. Para ellas, la llegada del turismo es una revalorización.

Para quien necesita alquilar en Bilbao, en Santander o en Llanes, es lo contrario. Y es la misma persona a la que se ofrece, como sustituto del empleo industrial que su padre tuvo, un puesto de temporada sin convenio propio ni capacidad de negociación.

El Norte que se vende en las redes existe, pero es un producto con fecha de caducidad incorporada: dura exactamente lo que tarde en tener éxito.